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¿Simple coincidencia?

En el mundo moderno aplicamos el principio de causa y efecto para tratar de comprender lo que nos rodea. Así, creemos que todo sucede por una causa observable y medible. Pero para el psicólogo suizo Carl Gustav Jung existía otra clase de sucesos, que no obedecen a causas directas u observables. La religión los considera milagros que obedecen al principio de la providencia de un dios; Jung los denominó fenomenos de sincronicidad.

Jung cita en sus cartas [vol.1, 1973, p.395] un sucedido que es un asombroso ejemplo de sincronicidad: “Por ejemplo, camino con una mujer paciente mía por un bosque. Me está hablando del primer sueño de su vida que creó una impresión duradera en ella. Había soñado con un zorro fantasmal que bajaba las escaleras de la casa de sus padres. En ese preciso momento, un zorro real sale de entre los árboles a unos 30 metros y camina tranquilamente por el sendero delante nuestro durante varios minutos. El animal se comporta como si tuviera un papel en la situación humana.”

Según Jung, estos dos acontecimientos no están relacionados de manera causal, sino que están conectados por un significado común. Para interpretar esta sicronicidad debemos estudiar qué simboliza el zorro. No en vano, Jung dedicó buena parte de su trabajo al estudio de los símbolos y de los arquetipos universales presentes en el inconsciente colectivo, idea fundamental de la psicología jungiana, que quizá os suene por haberla estudiado en filosofía de BUP. Esta teoría sostiene que existe un lenguaje común a los seres humanos de todos los tiempos y todos los lugares del mundo, formado por símbolos primitivos con los que se expresa un contenido de la psiquis que va más allá de la razón. Nuestra forma de entender el mundo que nos rodea y nuestra propia vida estaría íntimamente estructurada sobre arquetipos, que son conjuntos de ideas, vivencias y conocimientos, y símbolos, que son la envoltura con que los arquetipos se manifiestan de forma concreta.

Otro ejemplo de sincronicidad es el conocido caso del escarabajo: “Una joven a la que estaba tratando tuvo, en un momento crítico, un sueño en el que se le entregaba un escarabajo dorado. Mientras me estaba contando su sueño yo estaba sentado con mi espalda hacia una ventana cerrada. De repente, oí un ruido detrás mío, como un suave golpeteo. Me di la vuelta y vi un insecto volador chocándose contra el cristal de fuera. Abrí la ventana y cogí a la criatura al vuelo cuando entraba en la habitación. Era lo más cercano a un escarabajo dorado que uno pueda encontrar en estas latitudes, un Cetonia Aurata, que en contra de sus costumbres había sentido la necesidad de meterse en una habitación a oscuras en ese preciso momento”.

Según Jung, cuando uno ha experimentado varias de estas sincronicidades termina teniendo la impresión de que hay algún sentido detrás de ellas. Es más, indicarían que nuestro mundo interno, en forma de sueños surgidos de nuestro inconsciente, sabe algo acerca del exterior y que, recíprocamente, el mundo externo, material o inmaterial, también sabe algo de nuestro interior. Lo que Jung postuló es que ambos mundos, el exterior y el interior, forman una unidad, denominada realidad psicofísica unificada, y que los fenómenos de sincronicidad surgen en los momentos en que dicho mundo único se manifiesta plenamente.

Ante un fenómeno de sincronicidad habría que extraer el simbolismo oculto en estas coincidencias para comprender el arquetipo universal que permite comprender la situación del sujeto y que le puede servir de orientación.

Terminemos con simpático caso de sincronicidad, que tiene que ver con el pudding de ciruelas. Se trata de la historia real del escritor francés Émile Deschamps, quien en 1805 fue convidado a pudding de ciruelas por el desconocido Monsieur de Fontgibu. Diez años después, Monsieur Deschamps encontró pudding de ciruelas en el menú de un restaurante de París, y cuando decidió pedirlo, el camarero le dijo que la última ración había sido servida ya a otro cliente, que resultó ser Monsieur de Fontgibu. Muchos años después, en 1832, Émile Deschamps estaba cenando y de nuevo tiene la oportunidad de tomar pudding de ciruelas. Acordándose de las veces anteriores, les dijo a sus amigos que sólo faltaba Monsieur de Fontgibu en esa situación y justo en ese momento el anciano Monsieur de Fontgibu entró en el salón por equivocación.

Adaptado de Introduction to Carl G. Jung’s Principle of Synchronicity y Carl G. Jung’s Scarab Synchronicity

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